Un orgasmo cerebral

Un orgasmo cerebral

Últimamente parece que escribo muy poco. Apenas publico, ni por aquí ni en la red que yo creía óptima para mí, LinkedIn. Tampoco en mi web. Ojo, que tengo web. Pues ni por esas. Y, sin embargo —cuidado con el polisíndeton, que me pone palote y abuso de él—, estoy escribiendo más que nunca.

¿Paradoja? ¿Incoherencia?

No. Simplemente he cambiado el motivo por el que escribo.

Resulta que mi gran amiga Carolina Rubio escribió en su blog un artículo en el que me citaba como inductor, y eso me ha hecho preguntarme: ¿Para qué hostias escribo yo? ¿Para qué meto tantas horas en algo que, probablemente, no vayan a leer más de cien personas?

Respuesta corta: para que me lean.

Respuesta larga: prepárate.

Jamás bajé de un 9

Hace años que escribo. Diría que desde que aprendí que las palabras representan conceptos simples y, al juntarlas, construyen otros mucho más amplios. Si me paro a pensar, mi primer recuerdo escribiendo es una redacción del colegio, un día en la playa, mi día de Reyes, mi persona favorita. Disfrutaba, se me daba bien —jamás bajé de un 9— y arriesgaba, que por otro lado es la única forma de avanzar. Una cosa llevó a la otra y me planté en BUP. Hostia qué viejo soy.

Y con el BUP y el bachillerato internacional llegaron los ensayos de filosofía —que primero hice para mí y luego para la que hoy es mi mujer, que delegó gustosa, tanto en los ensayos como los planos de dibujo técnico, tampoco bajó de 9—, que me permitieron forzar los límites, defendiendo y argumentando tesis con las que no estaba de acuerdo y explorando ideas que no conocía, pero que me agitaban las neuronas.

Luego llegó la Universidad, y después los primeros años profesionales —mi primera gran crisis vital— y con ellos, un período de nula creatividad y máxima eficiencia. En esos años, los textos más apasionantes que escribí fueron los de la web de la empresa. Que no estaban mal, pero que seamos expertos en edificación sostenible y que hayamos liderado proyectos de construcción durante más de veinte años no le importa ni al coño de la Bernarda. Bueno, a ese menos todavía, que tenía que lidiar con Pepe el Romano.

Y entonces llegó la crisis del 2008. Mierda, ya estoy otra vez con el polisíndeton.

Buscarse la vida

Aunque Lehman Brothers se fue a tomar por saco en 2008, no fue hasta 2013 cuando me alcanzó: seis meses sin cobrar, sin derecho a paro, un país hecho mierda y un sector, la construcción, hecho más mierda aún. Llevaba tantos años tragando quina que decidí cumplir el sueño español. Ah, no calla, que eso es ser funcionario. No, mi sueño: ser mi propio jefe, navegar por las turbulentas aguas del emprendimiento, buscar el éxito empresarial. Pobre hijo. Lo que empezó como una aventura apasionante —aún lo es— se convirtió en una carrera de fondo para vender, vender y vender. Dicho de otro modo, tuve que hacer de todo: recorrer empresas a puerta fría (un horror), ofertar cien cosas para que me contratasen, con mucha suerte, una (un infierno), dar charlas y conferencias (eso sí me molaba, y de hecho he llegado a “monetizarlo”, como se dice ahora) y, por supuesto, escribir. Posts, web, artículos, guiones e incluso un libro sobre empresa.

Me encantaba transmitir contenidos interesantes de libros que leía, en artículos que aportaban algo y me posicionaban como experto, y hacerlo de forma distinta, con humor y rigor. Empezaron a leerme, y a comentar, y a felicitarme. Y joder —ups, otra vez—, a quién no le gusta que lo adulen.

Empecé a escribir en Substack y en mi propia web sobre ciencia, música, ingeniería, algo de tecnología… y entonces pasó algo. Algo que llevaba años gestándose sin yo saberlo, bebiendo de infinidad de libros, series, cómics y películas.

Me puse a escribir una novela.

Joder, y la acabé.

Orgasmo cerebral

Escribir una novela es algo difícil de explicar. He descubierto cosas —de mí, del mundo— que no conocía. Contar una historia, con sus personajes, sus tramas, sus de qué va y de qué va realmente, es tan, tan bonito, que no se puede explicar.

Pero es duro. Mucho. Porque cuando escribes te nutres de tu memoria y, claro, cómo no, en la memoria hay de todo. Joyas perfectas y brillantes y tumores sangrantes e infectados. Todo ello, en perfecto equilibrio, trabaja en equipo para alumbrar un relato.

Así que a veces duele.

Hostia cómo duele.

Pero lo más importante de todo es que ahora, por fin, tras esta experiencia, ya sé para qué escribo. ¿Para que me lean? Por supuesto, pero no necesariamente para gustar. Soy consciente de que mi prosa es particular, con un tono propio lleno de ironía y humor, pero también con violencia explícita, personajes agresivos —ya sabes, los recuerdos jur, jur— y contenidos científicos, técnicos, o musicales que pueden no llegar al lector. Bien, lo asumo, pero en todo lo que escribo tengo siempre el foco en que alguien lo reciba.

Decía Carolina en su escrito que la obra acaba cuando alguien la recibe y no solo la entiende: la interpreta, a través de su historia, sus recuerdos, su propio filtro. Estoy totalmente de acuerdo y, de hecho, ese es el fondo de la cuestión.

No es solo que te lean: es que conecten con lo que leen.

Eso es, joder, lo más grande.

Pero hay más, mucho más.

Escribo para exorcizar demonios y para ensalzar ángeles; para vengarme y sacar la rabia que llevo dentro. Escribo para entenderme, para entenderte; para condenar las injusticias —sí, desalmado, las tuyas, las vuestras— y para agradecer las buenas obras. Escribo para hacer reír, oh, sí, joder, y para hacer llorar; para incomodar y para emocionar. Escribo para ridiculizar y para homenajear; para amar y gritarlo a los cuatro vientos. Para dejar un legado. Escribo para que me lean, y a veces para que no lo hagan.

Pero, ¿sabes qué?

Escribo, sobre todo, para disfrutar.

Porque hay un momento durante la creación de la historia en el que todo encaja. Una idea, una revelación o una inspiración hace que todo lo sembrado cobre sentido, que los personajes completen su arco —en términos técnicos, aunque jamás haya hecho un curso de escritura— y que la historia, por fin, se revele.

Esto es lo más bonito: la historia está ahí, dentro de mi mente, pero aún no la conozco y cuando emerge, madre mía, hostia, joder, ¡sí, más! es un puto orgasmo cerebral, si es que los otros no lo son también.

Pensándolo con detenimiento, hay una conclusión inevitable y sencilla:

Escribo para vivir.

Y cuando los tiempos son oscuros, polisíndeton mediante; cuando todo se tambalea a mi alrededor y parece que la vida, tal y como la conocía, ya no existe; cuando el suelo tiembla bajo mis pies y una grieta avanza, imparable, amenazando con tragarme; cuando ante mis ojos, sin que pueda hacer nada, mis referencias, sistemas y códigos son triturados por una rueda con dientes manchados de herrumbre, ahí, justo en ese punto, escribo para sobrevivir.

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Gonzalo Villar | Piano - Teatro - Ciencia
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