SUJÉTAME EL CUBATA, PAUL!

Sujétame el cubata, Paul!

La música siempre está ahí. Percusiones tribales al principio, pequeños instrumentos de viento después, y composiciones complejas más tarde. Incluso 4’33’’ de John Cage. Olé tú, John.

La música no ha dejado de evolucionar —bueno, quizá en los últimos años sí. Daddy Yankee, gracias por todo— pero si ha habido algo que nunca ha cambiado, y nunca cambiará —en la música y en cualquier otra rama del arte— son las rivalidades: viscerales, irracionales, casi animales.

Desde Mozart y Salieri, pasando por los Beatles contra los Stones, Nirvana contra Guns’N’Roses o Blur vs Oasis, los grandes conflictos entre egos —y como ves, mucha huevada— han alimentado morbo y tabloides.

Es cierto, los conflictos venden y un buen zasca nos pone mucho. El y tú más da muchos me gusta y los titulares sangrantes dan pasta. El conflicto siempre ha tenido mejor departamento de marketing.

¿Quiere eso decir que jamás ha habido rivalidades buenas, de esas que cuecen y enriquecen?

Pues claro que sí. Y hoy te voy a contar una que es una verdadera ma, ra, vi, lla.

Por cierto, lo de los Beatles contra los Stones es un mito, ya te lo adelanto.

Happy flower

En los 60 “happy flower” no significaba lo que ahora —sigue tus sueños, ellos saben el camino—, sino que era un mantra que todo lo impregnaba. El espíritu hippy reinaba y ese movimiento cultural abarcó todas las artes, siendo uno de los períodos más fructíferos de la historia.

A principios de la década, dos bandas empezaban a fraguarse: una en Gran Bretaña, la otra en Estados Unidos. Ambos grupos cambiarían el curso de la historia musical, aunque aún no lo supiesen.

En Liverpool, dos chavales de la edad de mi hija —16, que no tienes por qué saberlo— se conocieron y formaron la agrupación musical más increíble de todos los tiempos: The Beatles. Tras quemar sus guitarras en garitos de toda la ciudad —y no solo de Liverpool, sino de Hamburgo, a donde se fueron a probar suerte—, consiguieron fichar por el sello Parlophone de EMI y publicar en 1962 el icónico Please please me.

Mientras, en California, los hermanos Brian, Carl y Dennis Wilson, junto con su primo Mike Love y su amigo del instituto Al Jardine formaban The Beach Boys con un espíritu completamente distinto: ellos no recorrían garitos sudorosos sino que, capitaneados por el introspectivo —y brillante, reflexivo, minucioso, perfeccionista, traumatizado y tendente a la ansiedad— Brian, exploran armonías vocales y texturas sonoras, impregnados por el ambiente festivo y juvenil de las playas californianas y la emergente cultura del surf hasta que, en 1962 fichan por Capitol Records y publican el ya icónico Surfin’ Safari.

Y entonces empieza la magia.

Dos caminos

Ambos discos fueron un éxito. Y todos sabemos que las dos bandas se convirtieron en mitos, aunque el impacto de los de Liverpool tuvo una onda expansiva mucho mayor… o eso es lo que parece a simple vista.

Como toda banda de música, tanto The Beatles como The Beach Boys experimentaron una gran evolución. Los primeros arrancaron con un rock crudo, que provenía del skiffle (una mezcla de folk, blues y rock and roll), pero poco a poco fueron volviéndose más y más experimentales hasta transformarse en un punto de inflexión de la música.

The Beach Boys fueron mucho más caóticos, entre otras cosas por la ya mencionada personalidad de Brian Wilson, que llegó incluso a desvincularse del escenario para centrarse en el estudio, donde —y aquí viene spoiler— revolucionó la ciencia de la grabación.

Pero lo bonito de todo esto es que ambas bandas, pese a venir de países y culturas diferentes y a tener un estilo también distinto, se admiraban profundamente, llegando a generar una rivalidad… buena.

Wilson estaba obsesionado con crear el álbum perfecto. Era un adelantado a su tiempo y veía la música como un collage en el que cabía de todo, un proceso de artesanía en el que podían grabarse fragmentos en diferentes momentos y lugares para fundirlos en una nueva creación completamente distinta y nueva.

Al igual que él, Lennon y McCartney empezaron a experimentar con muestras o samples, que son grabaciones de otras canciones o sonidos insertados en su música —ahí está la Invención a dos voces número VIII de Bach al final de All you need is love—, influencias de otras culturas y un sinfín de innovaciones y locuras que fueron la inspiración para futuros Pink Floyd, Radiohead o Daft Punk.

Y ahí estaban los dos grupos, con sus movidas de pirados brillantes en la cabeza, componiendo y grabando y publicando hasta que en 1965 The Beatles publican Rubber Soul y a Wilson se le salta un fusible.

Sujétame el cubata

Brian Wilson flipa en colores y alucina pepinillos porque Rubber Soul era algo más que una colección de canciones: era un bloque temático, una historia, un concepto. El álbum entero tenía coherencia artística. No era una colección de canciones sueltas. Tenía unidad emocional, sonora y temática.

Algo que para nosotros ahora es una obviedad pero que en aquella época era algo inédito: “Los Beatles han hecho un álbum completo. Ya no basta con singles”, dijo Wilson. Y ahí se obsesiona con superarlo.

¿Y qué hace?: Decir sujétame el cubata y ponerse a currar. Encerrarse en el estudio y hacer su magia. Y responder con un disco magistral, brillante, loco, y en el que todas las canciones, TO, DAS, son una obra cumbre.

Brian Wilson entra en modo casi enfermizo de perfeccionismo. Para grabar Pet Sounds usa músicos de sesión de élite (la famosa “Wrecking Crew”), introduce instrumentación extraña para el pop —timbres de bicicleta, botellas, clavicordios y sonidos orquestales—, trabaja capas vocales increíblemente complejas y prioriza emoción y textura antes que energía rockera

El resultado fue revolucionario. En 1966 The Beach Boys publican Pet Sounds, que contiene himnos como Wouldn’t it be niceSloop John B o God Only Knows y que, poooor supuesto, es un concepto en sí mismo.

Y McCartney, obsesionado con las armonías, los acordes rarunos y las texturas frondosas, flipa en colores y alucina pepinillos.

Ahora me toca a mí

Paul McCartney escuchó Pet Sounds y quedó absolutamente obnubilado. De hecho, ha dicho muchas veces que es uno de sus discos favoritos de todos los tiempos y que God Only Knows es posiblemente “la mejor canción jamás escrita”.

Paul alucinó con la libertad estructural, las armonías vocales y la producción como arte. Pero sobre todo con el uso del estudio como instrumento. Ese, ese era el temita importante, la disrupción. Ojo al dato: el uso del estudio como instrumento. Esto es, sencillamente, una preciosidad.

Hay que tener en cuenta que hasta entonces el estudio era un sitio donde unos tíos metían a otros tíos para que grabasen canciones una y otra vez hasta que saliesen bien —ya la has vuelto a cagar en el estribillo Pepe, coño, que no estás en lo que estás— y alguien cogía la grabación y la pasaba a un vinilo. Y punch.

Pero Wilson hace algo completamente loco para la época: graba una voz aquí, otra allá, una guitarra acá, un clavicordio acullá, y corta y pega —nótese que no con Ctrl-X sino literalmente con tijeras— y revoluciona el concepto de producción discográfica y edición de sonido. Brian redefine la figura del productor moderno. Así, sin anestesia.

Y eso a Paul le pone cachondo perdido. Y decide que ahora les toca a ellos, joder. Y se ponen a currar. Y a utilizar samples, e instrumentos rarunos como el sitar, y a crear texturas sonoras sinuosas, y ritmos sincopados. Siguiendo su rollo de álbum como concepto publican, en 1966, Revolver.

Y Brian, otra vez, flipa en colores y alucina pepinillos. En vinagre agridulce y con cebolletas.

Porque Revolver es a The Beatles como Kid A a Radiohead o Achtung Baby a U2: una fumada que te cagas. Una ruptura total con la evolución de los discos anteriores. Un katakroker. Y la gente flipa con lo que escucha, porque no lo había escuchado jamás. Hasta se permiten hacer una canción basándose en la sintonía de Batman, compuesta por Neal Hefti. Sacadita de chorra, que diría Arturo González Campos.

¡Pero si Tomorrow never knows es el Let forever be de los Chemical Brothers, 35 antes! (¿No me crees? Ponte las dos en tu plataforma de streaming de confianza).

Y entonces Brian pide, otra vez, que le sujeten el cubata.

La búsqueda de la perfección

Recapitulemos. En dos años —1965 y 1966— se publicaron tres de los mejores y más influyentes LPs de la historia. Por orden de salida: Rubber Soul, Pet Sounds y Revolver. Igualito que ahora, solo que con Bad Banny y Carol G. Señor, llévame pronto.

Era el turno de Brian, que dice hastaaquíhemosllegao y se pone a grabar el disco más ambicioso de su carrera. De todas las carreras: Smile. Su idea era llevar lo aprendido en Pet Sounds a la categoría de milagro. Y entra en bucle.

Vaya por delante que Brian era un tío absolutamente brillante, pero muy atormentado —digamos que su padre no era de ir a verle los sábados al fútbol—, y estaba obsesionado con la música; o mejor, con su forma de entender la música: buscaba la perfección. Y ya te digo yo Brian que la perfección no existe, chato. El hombre entró en una espiral de pruebas, test, grabaciones, montajes… Y Smile no avanzaba.

La discográfica se estaba impacientando, y sus hermanos, que no componían tanto y dependían de él para ir al Mercadona, también. Pero Brian siguió adelante. Lo tenía ahí, en la punta de sus dedos. La obra definitiva. No podía conformarse con nada que no fuera justo lo que tenía que ser.

Y mientras, Paul y John y George y Ringo se metieron en un estudio e hicieron magia. Pura magia sin destilar directamente salida de sus almas. Quizá no perfecta desde el punto de vista de la ingeniería de sonido, quizá extravagante, puede que excesiva.

Pero magia, joder.

La magia de la banda del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pepper.

Y Brian ya no flipa en colores, ni alucina pepinillos, ni nada de nada.

Porque Brian se hunde.

El disco es tan bueno, tan redondo, tan de verdad, que Brian ve lo que todos hemos visto más tarde: que ese disco era un antes y un después. Un verdadero punto de inflexión, una referencia para el futuro. Un icono: su perfección.

Smile se frena. Brian no puede seguir. Ya no tiene fuerzas, se le han adelantado y no es posible crear la mejor obra jamás grabada.

Sonrisa sonriente

Smile jamás llegó a publicarse. Sí, la banda publicó Smiley Smile en 1967, un intento de sacar adelante la ingente cantidad de trabajo que Brian había llevado a cabo, pero no era Smile. Era… otra cosa.

Sin embargo, hemos de ver las cosas en perspectiva. Smiley Smile contenía Good Vibrations, una de las cosas más bonitas que se han compuesto jamás, un despliegue de genio absolutamente despampanante, con theremines, y cellos grabados como percusiones, y unas armonías bellísimas, con cadencias y transiciones inéditas para la época. Así que imagina cómo pudo haber sido Smile.

En solo dos años, una escalada de creatividad fruto de una rivalidad sana, de un respeto y admiración mutuos, generó dos hitos de la música pop: el álbum publicado más influyente de la historia, y el álbum no publicado más influyente de la historia. Paradojas de la vida, mira tú por dónde.

Brian no volvió a ser el mismo y en 1970 la formación original empezó a descomponerse, precisamente el mismo año en que los Beatles se separaban. Puede que tanta creatividad, tan explosiva e incontrolable, se cobrase un alto precio. Puede que no seamos capaces de mantener ese ritmo de creación. O puede que, sencillamente, se alinearan los astros.

Pero lo que es cierto es que a veces las personas pueden aprender unas de otras y moverse por razones nobles como el respeto y la admiración, en lugar de la envidia y la necesidad de ser mejor que los demás.

Paul y Brian se admiraban. Veían la obra del otro no como una amenaza, sino como un acicate, una espoleta para ser mejores.

Una oportunidad.

Y sí, se puede ser grande sin pisar a nadie. Sin desear que los otros se hundan.

Se puede ser aún más grande.

Por cierto, antes de que se me olvide: los Beatles y los Stones se llevaban estupendamente. Es más, los de Londres les deben parte de su éxito a los de Liverpool. Los Stones necesitaban un single potente y Lennon y McCartney les dieron una canción. I wanna be your man, se llamaba. Se convirtió en el primer gran éxito británico de los Stones, y ayudó muchísimo a impulsar su carrera.

Así que si alguna vez sientes ganas de que a alguien le vaya mal, dale la vuelta e intenta aprender de lo bueno que ha hecho.

O mejor aún, regálale una de tus canciones.

Ganaremos todos.

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Gonzalo Villar | Piano - Teatro - Ciencia
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