Esa nota

Se acabó el café y se quedó allí sentado, sin moverse, mirando hacia ningún sitio. Aquel era el primer día en mucho tiempo que no salía a la terraza de la cocina. Ese gesto —posar el tazón vacío sobre la mesa y girar la cabeza hacia la ventana— se había convertido en un ritual: cada mañana, sin excepción, a las ocho en punto.

Al principio fue una simple coincidencia —un sonido fuera de lugar en un momento cualquiera, sin trascendencia ninguna—, pero en cuanto lo escuchó por segunda vez, quedó atrapado y, aunque en esos primeros días era como un juego, había llegado a convertirse en una obsesión.

Las primeras semanas solo escuchaba, entre la incredulidad y la curiosidad. ¿Cómo se pone a tocar a estas horas? ¿Cómo no se da cuenta de que esa nota está mal? Esa nota.

Esa nota.

No podía soportarlo. Había escuchado y tocado esa canción cientos, miles, ¡millones! de veces. Se la sabía de memoria, la tenía tan grabada a fuego en sus conexiones nerviosas que esa única nota, un tono por encima, había llegado a enloquecerlo.

¿Cómo podía no darse cuenta?

¿Cómo?

Cierto día —ya no recordaba cuándo—, intentó no abrir la ventana y no fue capaz. Era como un imán musical que lo atraía sin él poder hacer nada para evitarlo. Habló con los vecinos. ¿Pero tú no lo has escuchado? Pues no, la verdad. ¿Cómo es posible?, se preguntaba, ¡un piano a esas horas de la mañana debería molestar a alguien! ¡Si se quejan por todo!

Después intentó identificar de dónde podía venir el sonido. Era más arriba, seguro, pero… ¿qué piso? Él vivía en un tercer piso y el edificio tenía ocho… en tres portales diferentes. Demasiadas opciones. Por eso una mañana salió al rellano de la escalera. Se quedó ahí, plantado, sintiendo vergüenza: ya casi no podía dormir, pensando en esa nota. Pero su necesidad de saber era más fuerte que su dignidad.

Fue puerta por puerta, posando su oído izquierdo en cada uno de los treinta y dos hogares. Los de arriba, por supuesto, pero también los primeros. Por si acaso. Al fin y al cabo, no podía estar seguro de su limitada percepción.

Tenía miedo de que pudieran abrir, sí —las ocho de la mañana es una hora de gran actividad— pero su obsesión compensaba el riesgo. Estaba decidido. Sin embargo, solo obtuvo frases sueltas —algunas cariñosas, otras no tanto—, lavadoras centrifugando y televisiones informando. Alguna radio.

Pero ningún piano.

Era un patio de manzana. Uno muy grande. Podía haber más de diez portales, con sus pisos y sus puertas.

Así que volvió a su terraza. Cada mañana. Otra vez.

Desesperado, buscó en internet. Cómo saber de dónde viene un sonido. Dispositivos para identificar la procedencia de un sonido. Cómo no volverse completamente loco.

Nada.

¡Joder! Tanto conocimiento en el mundo… ¡y nadie sabe cómo localizar a alguien que toca mal una nota del Nocturno número dos de Chopin!

Una mañana —otra más—, la ansiedad fue demasiada. La nota díscola llegó y entonces apretó los labios, entrecerró los ojos, como un gato antes de atacar. Lo haría. Oh, sí, ya lo creo que sí.

Al día siguiente, se levantó una hora antes y se fue al portal de al lado. Entrar era fácil: la empresa de limpieza, algún vecino que saliera… tenía pinta de persona normal, aunque estuviera al borde de la locura. Esperó a las ocho y recorrió, de nuevo, cada puerta, acechando como aquel espía ridículo de Agárralo como puedas.

De nuevo, ningún resultado.

Tras varios meses escuchando detrás de las puertas de toda la manzana, empezó a sentir que perdía contacto con la realidad. No podía concentrarse, ni comer, ni dormir. Su piel tenía un color cetrino y sus ojos estaban hundidos en ojeras moradas. No hablaba con nadie, no salía de casa. Su trabajo estaba en peligro. Su vida entera lo estaba.

Tenía que abandonar.

Estaba agotado, abatido y profundamente avergonzado.

Aquella noche durmió del tirón. Sin soñar, sin moverse, recuperando la energía malgastada durante tanto tiempo. Se duchó, se afeitó y se puso ropa elegante. Quería hacer algo totalmente distinto de su enfermiza rutina. Fue liberador. Saberse perdedor, curiosamente, lo hizo sentirse ganador. Bajó a comprar algo de fruta: su cuerpo le rogaba vitaminas. Naranjas, frescas, jugosas. Manzanas, quizá. En invierno la oferta no es tan variada.

—¿Qué tal tus clases de piano? —preguntó el frutero. Las manos empezaron a transpirar, y apretó los puños como si ese gesto evaporase el sudor.

—Muy bien —respondió una voz femenina, con un entusiasmo casi infantil—, por fin he cumplido el sueño de tocar una canción de Chopin. Cóbrame, por favor.

Sintió que su corazón dejaba de latir. O quizá lo hizo.

—¿Efectivo o tarjeta?

—Tarjeta, por favor.

Miró hacia la voz —aún nada más que eso, una voz, un eco— pero la chica se dio la vuelta antes de que él, paralizado, pudiera siquiera intentar dar un paso adelante.

—¿Siguiente? —preguntó el frutero.

—Creo que le toca a ese chico —respondió, solícita, una anciana, señalándolo.

—Eh… perdón… —balbuceó—. Yo…

—Sí, ¿qué va a ser?

Silencio. La frutería entera —el frutero, los parroquianos, las naranjas— lo miraba, expectante.

—Una nota.

Salió corriendo.

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Gonzalo Villar | Piano - Teatro - Ciencia
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