Deja que sea (Do) mayor

nils frahm Let my Key be C

Pájaros cantando, idílicos, casi como un deseo de paz y armonía que asoma, tímido, para marcharse y dejarnos con la sensación de que no podemos aspirar a ello. De fondo, una melodía repetitiva asoma en el horizonte sonoro. Tenue, casi inaudible, inasible.

Los pájaros se marchan, posiblemente volando a otra tierra más fértil, más luminosa, más cómoda, y un ruido como de patas frotándose, un insecto ominoso acechando, un sonido de fricción que crea incomodidad, un roce molesto que irrita la piel de las ingles, empieza a tomar protagonismo junto a un cello en do.

El sonido va subiendo de intensidad, repetitivo, hasta que la armonía de los cellos hace su entrada y el sonido desaparece. La melodía —si bemol, do, si bemol—, se asienta, dejando claro que no se va a marchar, mientras la armonía, también constante, toma forma: Sol menor, Fa mayor, con el Do de fondo, continuo.

La tonalidad parece ser un triste Do menor, que lo impregna todo, lo cubre todo con su melancolía y su amargura, pero sin llegar a cristalizar, ya que los acordes viajan a su alrededor, respetando la escala, sí, pero sin resolver nada. Porque el corazón está roto, dando vueltas una y otra vez, rumiando la afrenta, masticando el dolor, los dientes rotos, desgastados.

Y la melodía no para, jamás: un Si bemol que continuamente viaja al Do, pero sin quedarse en él del todo, desafiando el sistema, sibilino. El Si bemol, subtónica, un díscolo que pide apoyarse en el Do, la tónica, la ley, la norma, y que, al repetirse en un ostinato eterno, crea un latido continuo, un bucle infinito del que no se puede salir. Una pulsión de lucha entre lo que se espera de alguien y lo que realmente se es. Una carga constante, propia, sí, pero también de otros, que no permite volar, que ocupa toda la mente y el cuerpo, sin permitir el descanso y la paz. Pájaros que ya no están y nunca volverán.

Do menor es una singularidad, un centro de masas en torno al que todo gravita: la angustia, la personalidad melancólica desde el nacimiento, como si siempre se hubiera estado buscando algo que no acaba de llegar. Pero, al mismo tiempo, hay una luz tenue en esa melodía repetitiva, pedal, que incita a la esperanza; esa séptima menor, rebelde, que parece retarnos a que rompamos las normas, que no usa la sensible, el Si natural, que sería lo correcto —lo esperado, lo acordado—, sino que de alguna manera se revuelve: un factor desestabilizador, un verso suelto, una oveja negra —siempre poniendo etiquetas que solo son palabras— con la mirada eternamente puesta en cambiar la tonalidad, en hacer lo impensable. Bastaría con elevar ese Mi bemol para que el corazón de Do dejara de ser menor, destruyendo la convención, lo impuesto, lo exigido. La esperanza, la libertad.

Y entonces ocurre. Cuando esta esperanza está asomando, tímida, unas campanas, brillantes, alegres y juguetonas, acompañan al cello en esa melodía pedal; aún hay esperanza, podemos luchar. Pero no. El destino compensa esa pequeña licencia y la armonía rompe en un acorde de Fa menor, que vuelve a hundirnos. No, no te dejaré que saques la cabeza.

Tú, no.

El Fa menor dura lo que parece una eternidad, acumulando tensión, las venas hinchadas a punto de estallar, el corazón latiendo a más velocidad de la que se puede soportar, y es un breve destello, apenas unos segundos, emerge el Do mayor. ¿Podría ser posible, podría? Entonces unos nuevos acordes, inesperados, fuera de la escala, irrumpen salvajemente, sin dejar nada en pie, trayendo consigo, de nuevo, la amargura menor.

El Do menor surge, ocupándolo todo, y algo se quiebra. Un cello se distorsiona, emitiendo una nota disonante, a medio camino entre dos escalones conocidos, pero transitando en la incertidumbre. Una grieta aparece a lo lejos y avanza hacia nuestros pies, amenazando con tragárselo todo. El mundo parece tambalearse a nuestro alrededor.

Tras este terremoto, aparece un bajo electrónico, marcando el ritmo a negras. La angustia acelera el pulso, nos pone en alerta; la paranoia empieza a hacer su trabajo: todo apunta a la grieta, todo es la grieta, una trampa de la mente que no nos permite ver el presente, precioso, el hogar.

La armonía se endurece, los acordes son más disonantes. Es la lucha por salir adelante, por librarse de las cargas, pidiendo, reclamando —¡exigiendo!— el derecho a ser feliz.

Y se hace el silencio. Solo queda la melodía, pedal, que jamás nos abandonará, y ese bajo electrónico, en do, sintético e irreal, que lo deja todo en suspenso. Vuelve el sonido de insectos, vuelve el terror a perderlo todo, los puentes, los hilos… ¿Acaso estoy dispuesto a renunciar a mi propia vida por soportar cargas que no son mías?

Quiero descansar.

Quiero ser libre.

Quiero ser feliz.

Quiero ser mayor.

Quiero vivir en Do mayor.

Vuelve la armonía del principio, que en su segunda frase aumenta la velocidad de las transiciones y construye una progresión de acordes que parecen prometer que lo podemos conseguir, que podremos cambiar la tonalidad, llegando a un mundo en el que hay más vida, más esperanza, menos peso.

Pero antes de llegar al Do, la armonía para en Fa.

Fa mayor.

Y todo termina.

No es Do, pero es mayor.

Quizá las cosas no hayan ocurrido como esperábamos —por favor, deja que sea Do, por favor, permíteme vivir la vida en Do mayor—. Quizá no era el deseo correcto, o posible. Quizá no se haya conseguido todo.

Quizá.

Pero ahora que todo acaba, que todo por fin ha pasado, un acorde mayor, luminoso aunque triste, con más paz y sosiego, más viejo, más sabio, con heridas casi curadas, deja la puerta abierta a un mundo donde, quién sabe, los pájaros vuelvan.

Y mientras tanto, puede que lo más inteligente sea centrarnos en lo que tenemos.

Aquí, ahora.

Siempre.

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Gonzalo Villar | Piano - Teatro - Ciencia
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