Cuatro mil kiwis

Cuatro mil kiwis

Hacía calor.

Era verano, así que puede parecer un dato insignificante, pero fue la razón de que estuviese estudiando —mecánica industrial, matemáticas I, termodinámica… a saber— en la terraza del primer piso de la casa de mis padres. Era uno de esos días, o al menos eso recuerdo, en los que el calor es pegajoso, aunque no haya sol en el cielo. También creo recordar que era por la tarde, aunque no pondría la mano en el fuego.

Hay muchas cosas de ese día que no recuerdo, posiblemente la mayoría, pero hay una que sí, como si hubiese ocurrido esta misma mañana: el momento en que la vi.

En esas estaba, asqueado, sentado en una silla blanca de jardín, con el culo sudado y haciendo equilibrios entre mis deseos y mis deberes, sin que ninguno de ellos ganase la batalla, como tantas veces me ocurre, cuando levanté la vista. Iba con su madre. Era una niña de catorce años —yo tenía dieciocho— de ojos verdes y melena corta, con sus gafas metálicas de empollona, pantalón corto azul oscuro de algodón y una camiseta blanca. No recuerdo qué llevaba puesto su madre.

Y me enamoré.

De la hija, entiéndase.

Ya la conocía. Cada verano la veía en la piscina, o en el jardín. Ella, con su grupo de amigos, los pequeños, y yo, con los míos, los mayores, que ya salíamos de fiesta y nos hacíamos los importantes. Ella siempre andaba jugando con mi hermano pequeño, que la adoraba, pero era una niña… ¿Cómo iba yo a fijarme en ella? Vamos, hombre, ni de coña.

Pero aquella tarde, sentado en esa silla, asqueado y aburrido, quizá por la luz mortecina, quizá por el calor, que me nubló el juicio, me enamoré.

Perdidamente.

Absoluta y totalmente.

Puede que pienses que estoy exagerando, o que he idealizado un momento de mi vida, que esas cosas de los flechazos no existen, hombre, no seas flipao. Pero está tan grabado a fuego en mi alma y en mi memoria, que puedo asegurar que ocurrió, aunque el hecho de que hoy, treinta años después, siga estando igual de loco por ella es un indicio que cualquier juez admitiría como prueba.

Treinta años. Joder. Treinta años y seguimos juntos, en un mundo en el que lo difícil es justo eso: seguir.

No ha sido fácil: nos han sometido a duras pruebas de estrés, que hemos superado con matrícula de honor. Hemos perdido amigos y familiares. Algunos ya muertos, otros aún vivos; algunos buenos, otros malvados. Hemos pasado penurias económicas, pero siempre con una sonrisa —ella más amplia—. Nos han operado —a mí, más veces— y hemos pasado miedo ante amenazas del cuerpo.

Hemos llorado —ella, mucho más— y nos hemos reído —ella, también más—. Hemos discutido, más bien poco, y nos hemos reconciliado.

Y nos han hecho elegir, aunque siempre nos hemos elegido el uno al otro.

Hemos descubierto juntos: el dolor, el amor, el sexo. Con contrato de exclusividad, como las inmobiliarias, ojo, que eso también es para nota, sobre todo con mi inmenso sex appeal.

Y hemos tenido que renunciar.

Hemos creado y hemos criado. Hemos —estamos en ello, y qué difícil es, pardiez— educado y sufrido por nuestros hijos, nuestro orgullo, nuestro tesoro, nuestra prioridad.

Hemos tenido que aguantar muchas injusticias. Muchos desplantes. Mucho egoísmo. Pero aquí seguimos, seguiremos, hasta viejitos.

Cada mañana, llueva o haga sol, me levanto para preparar una cafetera para nueve personas que nos bebemos entre los dos —últimamente entre los tres—, y unos bocadillos para los niños, y tostar pan, y pelarle el kiwi. Lo hago feliz, aunque a veces proteste, sin reparar en lo afortunado que soy.

Porque no entiendo la vida sin ella.

No la quiero sin ella.

Me arregló. Era un juguete roto, un chico triste, y me dio luz. Porque así es ella: una mujer generosa que da sin esperar nada a cambio.

Me salvó. Estaba perdido y sin rumbo. Porque así es ella: una salvadora, una vengadora, una heroína. Sin capa sí, y con un miedo atroz a morir, cierto, pero valiente, si el enemigo no es una súper bacteria.

Y es que me quiere aunque la saque de quicio, con mi prisa por llegar y mis días de angustia; con mis locuras, mis monólogos y mis novelas; mis complejos y mis inseguridades. Mi fan número uno.

Y es que la quiero aunque me saque de quicio, con su ritmo lento y su velocidad absurda, y su mala leche cuando tiene la regla, su alta exigencia, su reticencia a mancharse las manos de fruta o su tendencia a confundirme con el guionista.

Así que doy gracias a Dios por ponerme aquel día de agosto del noventa y seis, posiblemente escuchando el Odelay de Beck o el No Code de Pearl Jam en mi discman, en esa terraza, estudiando algo aburrido y con el culo sudado, sin ser consciente de que estaba en el momento más importante de mi vida.

Hoy hace diecinueve años que nos casamos. Treinta desde que la vi y me enamoré, desde que mi vida cobró sentido y propósito.

Y aunque lleve en mi haber más de cuatro mil kiwis pelados, tengo la firme intención de pelar muchos miles más.

Hasta batir el Guinness, si hace falta.

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Gonzalo Villar | Piano - Teatro - Ciencia
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