Cada vez me parezco más a Bradley Cooper, y hay que ver lo guapo que es Bradley Cooper. A ver, que quizá a ti no te lo parezca, pero a mí, desde mi masculinidad sana, sí me lo parece. La pena es que el parecido no es físico, así que tendré que seguir lidiando con mis complejos. Mierda.
Pero permíteme que te cuente por qué me parezco a este apuesto actor americano.
En 2011 se estrenó Sin límites, una peli de ciencia ficción bastante ñe; de esas que catalogaría de “entretenida, sin más”. La protagoniza, cómo no, el buenorro de Bradley, que hace de escritor con bloqueo creativo crónico —mira, por aquí no había visto yo el parecido, mecagonlamar— y al que su excuñado, cómo no, Vernon, le da una píldora de NZT-48, un fármaco droga que multiplica su capacidad mental. Ya sabes… al principio todo chupi calabaza, pero, como te imaginarás, Brad se aberroncha y la cosa se acaba torciendo: siempre hay que pagar un precio.
Pues yo me he comido esa pirula.
En la elíptica, como siempre
Estoy en el gimnasio; en la elíptica, concretamente —soy poco de innovar, y siempre me pasan cosas en la elíptica, debería arriesgar más—, buscando música para la sesión de aeróbico. Quién sabe, igual algún día se me nota y me parezco realmente a Bradley Cooper, copón. El caso es que me llega un email. Sí, lo sé, estoy en el gimnasio y no debería leer el correo. Ya, bueno, soy autónomo, así que no me mires con esa cara. Escuchamos y no juzgamos. El email es la respuesta que estaba esperando para poder seguir trabajando en un proyecto que es bastante urgente.
Hace unos meses… No, no es verdad: hace unas semanas hubiera pensado “vale, genial Gon, por fin ha llegado ese email. Suda un rato y luego lo gestionas. Es tu momento, tío, venga, que cada vez te pareces más a Bradley Cooper”.
Hace unas semanas.
Hoy, en la elíptica, sudando como un cerdito y con mi mejor camiseta —la que menos me marca— abro la app de la Chati, me conecto en remoto a un ordenador virtual al que he llamado T.A.R.S., montado con VMware Workstation y le digo:
—Lee los adjuntos. Verifica que son correctos y, si es así, cumplimenta el modelo A38 y envíalo a la dirección de email del Gobierno de Chiquitistán que tienes registrada.
—Pensando… Estoy leyendo los documentos y verificando su validez…
Yo ya me he olvidado, el contador marca cuatro kilómetros recorridos y en la tele un señor muy raro, calvo y con barba, pero ninguna arruga —parece un niño viejo— habla de Mourinho. A mi lado, una señora pedalea a velocidad absurda. Por lo lento, digo. La vida sigue, como siempre, o al menos eso es lo que parece. Pero no. Ni de coña.
Una mierda, como siempre. Es entonces cuando me doy cuenta de algo.
La bomba H
Hace dos semanas no tenía ni puta idea de cómo se montaba una máquina virtual, ni podía resolver un problema de trabajo mientras me engañaba pensando que el ejercicio, al final, haría que mi cuerpo fuese más goloso. De pronto me doy cuenta de que algo ha cambiado en mí.
Llevo esas mismas dos semanas gestionando hasta cuatro tareas en paralelo.
Dispongo de un secretario al que le puedo mandar lo que quiera. No se queja, no se equivoca. Tiene mejor memoria que yo y es infinitamente más rápido. Y pago por él cien euros al mes. Es como si tuviera un esclavo moderno, pero sin ser un cabrón.
La cuestión es que el cambio (no, mejor: la revolución) que está suponiendo en mí —no en la sociedad, ni en el mundo, ni en la educación, ni en la medicina, en mí— es tan impresionante, tan brutal, que cada día que pasa estoy más alucinado.
Las implicaciones de lo que estoy viviendo y sintiendo van más allá de un cambio: lo que viene es la bomba H. La puta bomba del Zar. Cincuenta megatones.
El impacto en el mercado laboral, por ejemplo. Cien cochinos euros al mes, por el amor de Dios, por un asistente casi infalible —con mi criterio, de acuerdo, pero con una capacidad abrumadora— que me organiza las facturas y la contabilidad, lee y recibe correos, redacta informes, sabe de fiscal, laboral, ingeniería, energía, informática, física cuántica y el otro día me guio paso a paso para hacer una carbonara que me salió de puta madre. Mientras escribo esto, sin IA, vive Dios, T.A.R.S. —al que tengo regulado en un 50% el nivel de humor— me ha hecho un informe de sesenta páginas que hace un año me costaba las mismas horas, me ha actualizado el Notion y me ha enviado seis correos. Seis.
Las grandes empresas de IA ya están hablando de pagar dividendos a la población. ¡Dios de mi vida!
Pero hay otro impacto, menos evidente, que me preocupa.
Otra vez me doy cuenta de esas malditas dos semanas, en las que, sin ser consciente del todo hasta ahora, he vivido acelerado, con la sensación de estar tomando algo que multiplica mi capacidad mental —ahora ya entiendes lo de Bradley, ¿no?, jur, jur—, haciendo cien cosas al mismo tiempo, sintiendo que el tiempo pasa más rápido, o más lento. Joder, no lo sé. Pero cunde mucho más. Pardiez, hacen falta 50.000 años para que una mutación evolutiva se manifieste —vamos, que ahora estamos en nuestro prime para cazar leones— y la tecnología solo necesita meses.
¿Cómo lidia nuestro cerebro con esto? ¿Cómo adaptarnos AHORA? Demasié pal body, que dirían en los 80. No sé… quizá sean cosas mías, pero este ritmo de gimnasia cerebral no se puede mantener mucho tiempo.
¡Eh! ¡Esperen! No se vayan todavía, aún hay más, algo mucho más inquietante.
Me echaron droja en el Cola-Cao
Es indudable que esto que estoy sintiendo, esta especie de mega capacidad —tengo, putos, superpoderes— tiene un precio, y no hablo de los cien euros de mierda al mes: estoy trabajando más horas. Muchas más horas. Resulta paradójico, pero en el fondo tiene todo el sentido del mundo.
T.A.R.S. no se cansa, no se queja, no tiene que ir a cagar o a recoger a los niños. Amablemente te ofrece seguir: “si quieres, puedo preparar un Excel con los indicadores”. Y tú, ingenuo, piensas que qué guay, cómo mola, coño, que te hagan el trabajo. Pero te quedas ahí… esperando como un niño que quiere su galleta, porque ansías ver el resultado. Qué bien está el Excel, aunque aquí pondría una columna más… y se lo pides, y ella dice que sí, y lo vuelves a cambiar, y ella siempre dice sí. Ay, Kim. Y entre pedir y dar, han pasado tres horas que podrías haber empleado en escribir la novela, gilipollas.
Es como una droga. Llego más lejos, soy más —mucho más, muchísimo más— eficiente. Y eso engancha. Vaya si engancha. Nos han echado droja en el Cola-Cao, y nos lo hemos bebido entero, con grumos y todo.
Más allá de la dopamina que genera esta hiper productividad, esto, otra vez y como todo, tiene un precio: tengo menos tiempo para la creatividad. Puede que sea coyuntural, y que tarde o temprano me acostumbre a este nuevo modo de vida. Puede… no lo sé, pero lo cierto es que mi cerebro ha nacido sin internet y ya noto que mis conexiones neuronales están cambiando, que tengo las sinapsis agitadas, por Dios que no me hagan un escáner, así que me pregunto:
¿Qué será de nuestros hijos? Si Trump, Netanyahu o Putin no lo mandan todo a tomar por saco, quiero decir.
Llevo tiempo reflexionando sobre el tema de la creatividad ante todo este tsunami. Sinceramente, no me atrevo a sentar cátedra, pero diría que si perdemos eso… lo perdemos todo. Corremos el riesgo de convertirnos en máquinas de trabajar. De producir. El sueño del sistema. 1984. Fahrenheit 451. Exhalación.
No digo que yo haya perdido la creatividad —sinceramente, dudo que lo haga—, pero sí creo que esto, a futuro, puede contribuir a ello a nivel global.
No tengo miedo. No es eso. Los cambios son inevitables y toca adaptarse. Pero sí estoy deslumbrado, o mejor, desbordado, ante la seguridad de que estoy —estás, estamos— ante un momento crítico de la historia. Un punto de inflexión. Y eso, como mínimo, da vértigo: Tengo la sensación de que esto, ahora sí, es otra cosa. Algo realmente nuevo. Diferente. Otro puto planeta. Que Úrsula K. Le Guin —y Ted Chiang— nos perdonen.
Por eso la cultura me parece tan imprescindible. El arte, la música, el cine, la literatura… también van a cambiar radicalmente. Pero tenemos que cuidarlas, mimarlas. Eso es lo que nos hace humanos, lo que nos separa de la máquina.
No pretendo ser alarmista, ni tampoco ingenuo. Ha habido cambios en la historia que han multiplicado la productividad y nos han hecho avanzar. Bendita sea la máquina de vapor, el teléfono y el aire acondicionado. No, no es eso. Lo que me preocupa es la velocidad.
Lo que me preocupa es la dopamina.
Lo que me preocupa es que Bradley, aparentemente, acaba bien.
Aparentemente.
