Arranca una percusión densa, oscura, grave, compuesta de varias capas, y aunque el ritmo es sencillo, transmite cierta incomodidad.
La acompaña un bajo en Sol bemol, la tónica, pero no en la sonoridad más grave. De pronto el bajo pasa a Si mayor, subdominante, y arranca un coro de voces de fondo. Lánguido, como llorando, marcando la tercera mayor, anunciando la voz solista.
Este arranque transmite una sensación de opresión, incluso angustia, que se confirma al empezar la letra:
I should burn in hell
I should burn in hell
Debería arder en el infierno. El protagonista comienza asumiendo su culpa, pero no solo eso: es juez de sí mismo, dictando sentencia. Y no cualquier castigo, se condena directamente al infierno, al lugar donde deben pagarse los pecados más abyectos.
Una sentencia así solo puede venir de un pecado mortal, o de una visión de sí mismo tremendamente negativa: no he hecho lo que se esperaba de mí, he fallado, te he traicionado y merezco el peor de los castigos.
Mientras el cantante despliega los dos versos, el bajo alterna entre el Sol bemol, la tónica y Si mayor, subdominante. La armonía es sencilla, dos acordes, y sin embargo una belleza misteriosa emerge de la textura sonora y la melodía de voz, quebrada y melancólica.
La vida transcurre entre dos acordes, culpa por la traición, culpa por la claudicación, pero siempre culpa.
Entra un nuevo acorde, que rompe la tendencia. También la melodía; un nuevo verso, más compasivo. Con él. Con el mundo.
But I don’t deserve this
Nobody deserves this
Ya no hay solo culpa. De pronto es consciente de que no tiene por qué soportarla, que no tiene por que transigir, por qué bajar siempre la cabeza. Incluso podría levantar la voz. No merezco esto. Nadie lo merece. Una brecha se ha abierto en la inercia del que claudica siempre, del que acepta siempre, del que huye del conflicto porque quiere mantener un hilo, aunque sea tan fino que apenas se ve.
Pero va más allá. La armonía cierra el ciclo con Re bemol, dominante, que inevitablemente nos va a llevar al principio. No solo él: Nadie lo merece. El protagonista ya no piensa solo en sí mismo, sino que se eleva para compartir su dolor y desear la comunión con el prójimo. Y aunque vuelven los mismos acordes, la sonoridad se ilumina, la guitarra acústica, amable, una caricia, irrumpe junto con una voz en falsete llena de esperanza. El bajo ya no solo marca la fundamental, sino que juega, cabalgando por la escala. Ha habido un cambio.
Ooh-ooh, ooh-ooh
Ooh-ooh, ooh-ooh
Pero vuelve la estrofa, la ambivalencia de los dos acordes. La lucha continúa porque el hilo no se ha roto, y el protagonista no suelta su yugo, el chantaje emocional que lo atrapa aún permanece: los impuestos.
If you want me to pay my taxes…
If you want me to pay my taxes…
El autor juega con esta bella metáfora: “Si me quieres para pagar mis impuestos…”. El amor visto como una transacción. Si eres mi hermano, no puedes traicionarme, ni abandonarme, ni querer a nadie más que a mí. Si eres mi hermano, me debes respeto. Los hermanos son lo más importante y tú has osado desafiarme, y debes pagar. Durante años el protagonista ha pagado el impuesto, sin ser consciente de que no pagarlo no implica deslealtad, sino libertad. Pero despierta. Y con la irrupción, otra vez, de ese acorde díscolo, llega la resistencia:
…You’d better come over with a crucifix
…You’re gonna have to nail me down
Más te vale venir con un crucifijo: Vas a tener que clavarme. Después de tanto tiempo subyugado, después de tanto tiempo pagando, el alma se rompe y hay que elegir. Empeñarse en vivir, o empeñarse en morir. Se acabó. Hasta aquí. Soy tu hermano, pero antes soy. Merezco el mismo respeto que exiges. Si quieres pleitesía, tendrás que matarme.
Se abre el cielo y entra la luz. Cegadora. Una sencilla progresión de acordes viaja desde el grado I hasta el IV, con las guitarras gritando ¡libertad! y la batería marcando un ritmo claro, sin artificios, cuatro por cuatro con decisión. Porque plantar cara por fin es el mayor de los logros, un deseo toda una vida postergado. Por mantener el hilo. Por no romper puentes. Aun a riesgo de destruir el corazón de la ciudad.
Y entonces, con la seguridad que otorga decir no, llega el reproche. La justicia tantas veces escondida, la verdad.
Doctor!, doctor, heal yourself
Doctor!, doctor, heal yourself
Otra increíble metáfora, escupida con rabia: si tan listo eres, si tan bien sabes lo que me conviene, cúrate a ti mismo, ¡doctor!
¡Sí, Doctor!
Lo dice con violencia, una ironía corrosiva disparada contra quien se cree superior, soltando la ira acumulada durante años, escupiendo saliva mientras vocifera con los ojos inyectados en sangre. Porque la presa se ha abierto y no hay cauce en el mundo que soporte semejante torrente de agua contaminada. ¿Acaso tú sabes lo que me conviene, lo que me hace feliz? ¿O has estado intentando que fuese quien tú querías que fuese?
Y entonces, como consecuencia inevitable, llega la autoafirmación.
And I will break my own heart
I will break my own heart from now on
No. No me curarás. Seré yo quien rompa mi propio corazón de ahora en adelante. Seré yo quien decida, y si he de equivocarme, que así sea. En todo caso, habré sido yo quien lo haya hecho, sin pensar en qué esperas de mí, ni qué es lo correcto, lo bueno, lo pactado por un sistema que me ha sido impuesto, y que no es sano, ni equilibrado, ni real.
Vuelven los coros y la guitarra, luminosa; sube el tempo, la batería golpea con furia y energía, movida por una nueva vida, y la voz ya no dice nada. Solo canta. La música lo envuelve todo y un golpe final, un éxtasis, cierra el ciclo.
Ya no hay marcha atrás.
Porque a partir de ahora, no pagaré los impuestos que me impongas.
Pagaré los que yo quiera.
Y si quieres que caminemos juntos, tendrás que aceptarlo.
Esto no es más que una historia que ha surgido de una canción. Puede que sea la tuya. O puede que no. Porque la música jamás tiene una única historia.
