La sudadera

La sudadera

Hacía un frío de cojones. No solía ponerse jersey —tenía dos, de hecho, que se ponía de ciento en viento— pero ese día estaba tan aterido que después de abrocharse la camisa, y de pensarlo unos segundos, se lo plantó.

Quizá creas que no es una decisión tan crucial como para pensársela durante unos segundos. Ya, bueno… Puede que sea porque tienes un cuerpo proporcionado y bonito. O no, pero al menos fino.

Él, no.

A lo mejor una persona de 47 años lo lleva mejor, con todo el pescado vendido y una hipoteca que pagar. Pero para un chaval de 19 años, eso es algo importante. Muy importante. Tanto, que le provocaba una angustia continua y lacerante.

Si has tenido 19 años, seguramente lo entiendas.

Comprar ropa era una tortura, pero aún lo era más llevarla puesta cuando aprieta, se gira sin avisar o roza en zonas que solo deben estar a buen recaudo.

Así que sí, era una decisión importante. Quizá no crucial, vale, pero sí para dedicarle unos segundos.

Cuando la sudadera, granate, con capucha y de una marca poco prestigiosa, se ciñó a su torso redondeado, sintió cierto placer: Era muy temprano y la calefacción no estaba aún encendida. Ea, buena decisión entonces.

Cogió la mochila y se fue a la Universidad. Tocaba clase de Matemáticas II a las ocho. Dos horas de ecuaciones en derivadas parciales. La pereza le envolvió como una nube negra, cuando sintió, por debajo del abrigo, que el vaivén del paseo estaba haciendo que la sudadera trepase por su espalda, dejando al descubierto una sugerente ranurita por la que entraba el relente de la mañana. Una premonición, un aviso.

Después de varias recolocaciones textiles, el edificio de Ingeniería se levantó ante sus ojos y agradeció llegar para quitarse el abrigo y dejar de mover tejidos de una zona a otra de su cintura. Subió las escaleras y entró en una clase llena de luz y sillas azules. Con gente en ellas. La pizarra, grande y negra, se erigía al fondo y dos hileras de mesas llenaban el espacio hasta la pared del fondo. Había llegado a tiempo, sí, pero con un margen tan reducido que solo quedaban algunas sillas libres. Como no quería llamar mucho la atención eligió un sitio libre en el pasillo central, justo en el centro del aula.

Comenzó la clase. Las incógnitas, los diferenciales y los iguales iban llenando la pizarra, y aunque al principio seguía las explicaciones, poco a poco empezó a sentir calor. Soportable al principio; sofocante después. La calefacción de la Universidad empezaba a trabajar con entusiasmo y cien personas disipan mucha energía. Las ecuaciones pasaron a un segundo plano y el descanso —ese momento que todos los asistentes esperaban, pero el deseaba casi con lujuria— ocupó toda su capacidad neuronal.

Por fin, acabó la clase. Y unas ganas insoportables de orinar acudieron sin avisar, posiblemente fruto de la ansiedad ocasionada por el calor y el lacerante tejido viajero de sudadera barata. Fue al baño y allí se encontró con varios amigos. Que si viste Expediente X, que si qué risa ayer con El Informal, y entre unas cosas y otras… la sudadera seguía ahí, impidiendo la ventilación corporal y amenazando con otra hora de tortura inquisitorial.

La gente empezó a entrar en clase y él, empujado por el rebaño, se vio, de nuevo, en su sitio. No. Ni de coña. Otra hora así ni hablar.

Y allí, en medio de clase, con todo el mundo ya sentado y el profesor a punto de continuar con la lección, agarró la sudadera por la espalda para quitársela. Le entraron las prisas y tiró con fuerza, subiendo la prenda hasta la cabeza, cuando escuchó unos golpecitos en el suelo, como si los botones de una camisa hubieran saltado por los aires.

Ay, Dios, no.

Las prisas, la gente sentada y la conciencia de saberse observado, le habían hecho no calibrar correctamente las variables físicas de fuerza y aceleración, cogiendo no solo la sudadera, sino la camisa, y tirando del conjunto. Relación causa-efecto. Acción – reacción. Física elemental, putada total.

De pronto, sintió terror. Un terror primario, ancestral, que solo surge si estás a punto de morir o si cien veinteañeros —y unas cinco veinteañeras— te están viendo las lorzas, también veinteañeras, aunque no lo parezcan.

Y el terror tiene un efecto fisiológico inmediato: el sudor frío que, lejos de actuar como lubricante natural, atora más los entuertos. Empezó a tirar de la prenda maldita, sintiendo la impotencia de un nudo imposible de deshacer.

Mientras tiraba y tiraba, en unos segundos que parecieron eones, las risas infladas y lujuriosas de cien aspirantes a ingenieros —y cinco a ingenieras— llenaron sus oídos y su corazón.

El profesor, a ver a ver haya paz, se debatía entre el deber de la enseñanza y el impulso de la chanza. Él, cada vez más ansioso, seguía peleando con la dupla camisa-sudadera, que conspiraba contra él en un baile sádico.

Por fin, consiguió desatascar el tapón, sacando todo el tejido y quedando desnudo ante cien observadores de ojos líquidos y carcajadas abrasivas. Y cinco observadoras.

El profesor, sabedor de su rol de regente, y con una cara que se debatía entre la risa contenida y la pena descarnada, impuso orden, aplacando a las hienas, jadeantes ante la presa recién atrapada.

Él, con los ojos clavados en el suelo, se quitó la camisa, mutilada, lo más rápido que pudo, y se volvió a calzar la sudadera, fuente de calor, sangre, sudor y lágrimas. Podría haber salido corriendo, huir y dejar todo eso atrás. Pero sabía —o quizá intuía— que eso jamás quedaría ya atrás y que la única opción era mirar a los ojos a la vida, que en ese momento había decidido ser una hija de la gran puta.

Se sentó, dispuesto a irse de allí habiendo entendido al menos una ecuación, pero el Universo no estaba dispuesto a soltar su presa. Y entre renglón y renglón de equis e íes griegas, los hombros del profesor empezaron a subir y bajar, rítmicamente, mientras dejaba de explicar los misterios de las matemáticas, y el vulgo, consciente de la oportunidad, volvió a estallar en carcajadas.

El maestro, consciente de su desliz, pidió perdón al condenado y volvió a poner orden, mientras él, rozando el desmayo, rio con desgana, asumiendo que no tenía otra opción que formar parte del vendaval.

Por fin, la clase terminó. Y aguantó. Y se quedó.

Y se rio de sí mismo, e hizo chistes y burlas, consciente de que si mostraba debilidad, sería pasto de las bestias. Las risas duraron unos días, pero el curso avanzó y el episodio de striptease no tuvo más consecuencias.

Hoy, treinta años después, nunca se quita un jersey en público. Busca a alguien de confianza y le pide que agarre la camisa. Y que no la suelte hasta que el jersey, traicionero, esté en zona de seguridad.

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Gonzalo Villar | Piano - Teatro - Ciencia
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